27 de julio de 2009

La razón llegó en forma de sueño.

Me detengo un momento y veo a mi alrededor. Desconozco mi propio entorno, lo cual provoca que mi voz se quiebre al querer articular alguna palabra. Un nudo en el estómago avisa la llegada del llanto, seguida de un hueco sentimiento de nostalgia. No sé donde estoy.

Decido que tal vez ayude caminar, y recordar, pero titubeo; si en medio del camino encontrara un espejo, no reconocería siquiera una facción, y mi búsqueda perdería sentido. Empiezo a recorrer el camino que yo misma invento. No se a dónde voy, ni qué pretendo encontrar.
¿Dónde está la niña que se dejaba llevar por las masas?
¿Que por amor olvidaba todo? - Preguntó una voz interna. Su eco resonaba en mis pensamientos.
Ella no tenía dudas, ella pertenecía.
Solté una nerviosa carcajada que me produjo estremecimientos, e hice una mueca, me extrañó el hecho de que una voz que se supondría que yo controlo, me preguntara eso, ajena a mí.

- Tengo tanto en mi cabeza, verás, ni siquiera sé por dónde empezar- contesté como si tratara de explicarle a alguien más, y volví a reír, si alguien me viera, seguro pensaría que tengo un serio problema.

Pero, eso sería completamente cierto.
- ¿Qué estás buscando? - preguntó la voz
- Me estoy buscando a mí - contesté, distante de la cordura.

Seguí con mi recorrido.
Se ilumina el camino y veo un algo. No tiene forma, tamaño, ni color, pero de alguna manera sé que puedo abrirlo. Lo hago. Y encuentro todo.

Hay una incontable variedad de materiales inservibles, en su mayoría recuerdos aplastantes;
risas efímeras, un vergonzoso inicio de adolescencia, emociones taciturnas, tristezas elocuentes.
Una golpeada historia de amor con un final triste, maldiciones, reniegos. Juegos prohibidos, secretos, tazas de café, horas de insomnio. Sonrisas, miedos, canciones, deja-vus, momentos exactos, cuentos, besos, discos rayados, mentadas de madre, papeles arrugados...diplomas...accidentes...boletos de cine...conversaciones de media noche...

Todo viene hacia mí y empieza a asfixiarme con descaro, me atrevo a decir que puedo sentirles las ganas de matarme. Paralizo la escena y pienso un momento.
"Sería interesante verme morir de recuerdos"- Respiro como dejando entrevisto que no pondré resistencia.

La adrenalina se apodera de cada célula renuente a existir y de pronto, siento como una fuerza exterior que me ayuda a empujar la oleada de recuerdos, que ya habían empezado a romperme la madre.
Echo un vistazo, jadeando y con una abrumadora angustia, observo calma de nuevo. Sigo sintiéndome vacía. No encontré lo que buscaba.

Tal vez tenga que volver a buscar. Tomo vuelo y sostengo la respiración. Pero algo me detiene.
-Eso que buscas no lo vas a encontrar en tus recuerdos- me dijo la voz con aire burlón y sabelotodo.
-¿Qué quieres decir con eso? No seas ridícula.
-Tus historias carecen de algo.
-¿De qué?
...
Sabía en el fondo que no iba a conseguir respuesta.

Me siento e inhalo profundamente, mientras cierro los ojos. Me dispongo a revisar de nuevo mis historias, pero ordenadamente. Las acerco y mis ojos se llenan de lágrimas instantáneamente. Intento secarlas, pero como si tratáse de un pasaje de Alicia en el país de las maravillas, éstas inundan mis recuerdos y los evaporan.
-No necesitas revivirlos, sólo evalúalos- dice la voz.
Bufé, volví a cerrar los ojos.
Todo rebota en mi cabeza de nuevo, no sé por dónde empezar, pero automáticamente, los recuerdos empiezan a pasar, no completos, pero de manera ordenada, como si fuesen cintas de película; incluso puedo escuchar ese peculiar sonido de los rollos caminando y proyectándose en una pantalla blanca. La situación parece mejorar. Sonrío y exhalo tranquilidad. Observo detenidamente.

El mundo ya había dado varias vueltas, cuando oí como la cinta que veía se atascó.

Un escalofrío recorre mi cuerpo y me hundo en el asiento. De repente, en la pantalla, se proyecta sin sonido la figura de mi mamá. Automática y estúpidamente volteo a mi alrededor para buscarla. Río internamente como diciendo -no seas imbécil-.

Miles y miles de voces inundan mis oídos y de repente, como si se tratara de un tronido de bocinas, todo se calla, y sólo puedo oír la voz de mi mamá:

- Ya duérmete, y, por amor de Dios ya deja las drogas! -
Me da mucha risa y ella responde con una sonrisa, y se llena de luz, pero más bien, ésta la jala en espiral.
- ¡Mamá! No te vayas, tengo miedo - grito, bueno, chillo.
Y ella sólo dice:
-El que no arriesga no gana...
Me rasco la cabeza y me tiro al suelo. Todo da vueltas. Mi corazón da un vuelco como queríendose salir, y late fuerte, fuertísimo. Me llevo las manos al pecho y mis ojos destellan un brillo único, especial. Sonrío estúpidamente. Encontré la respuesta.

Mis historias carecen de arriesgues, de imprudencia. Lo pienso tanto que hasta las desconozco, las siento distantes, y me llena de rabia saber que en realidad, no las viví.
Ese ha sido mi error año tras año.

Me tomo todo tan enserio, pienso tanto todo, que no le doy chance a la aventura para que haga de mi vida algo interesante y digno de contarse.
Quiero (y debo) aprender a dejar ir, a dejar ser, a dejar vivir, o morir.
Debo saltar, dejar de preocuparme por dolores bastardos (pues no son míos), reír, caer, darme en la madre y volverme a levantar, sin ver atrás, ni arrepentirme de haber tomado ése camino. Debo aprender a dejar que las cosas tomen su propio curso. Debo aprender a joder a la gente sin importarme la madriza que me espera al día siguiente.
Debo dejar descansar a ésa eterna zona de confort donde vivo desde siempre. Debo soltar.
A final de cuentas y no se si para bien o para mal, en realidad ya no me importa, la vida me atrapará...

Estoy de vuelta, amigos, más fuerte que nunca. Y quítense, que quiero vivir.

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